sábado, 1 de enero de 2011

La orquesta del Titanic

Mientras el colosal Titanic se iba a pique en las gélidas aguas del Atlántico, en los lujosos salones de primera clase, la orquesta seguía tocando. Ataviados con sus mejores galas, sentados en mullidos sillones de cuero, bebiendo coñac y fumando puros, se fueron al fondo del mar, una gran cantidad de pasajeros ajenos a la realidad. Cierto que, la parte mayor de los fallecidos, no eran de esa parte del pasaje pero, entre acordes de música clásica, naufragaron muchísimos que no querían ver lo que pasaba.
En eso mismo pensaba estos días, paseando por las calles del centro. En cuantos siguen y siguen, en una fiesta que ya acabó. En la verbena de un consumismo imposible con tantos millones de parados. En un gasto que ni tiene sentido, ni es necesario. En como está montada la Navidad.
Me decía que, era posible otra manera de vivir. Recordaba mi infancia donde no teníamos tanto y eso que, en honor a la verdad, eran fastuosos los lujos si los comparábamos con los de nuestros abuelos. Y me vino a la mente la orquesta del Titanic, ese gigantesco bote que, contra pronóstico, no llegó a puerto jamás.
El mundo era así, un barco insumergible. No cabía la preocupación, ni el miedo. Que te hacía falta un coche, ibas al banco y te prestaban para el be-eme-uve. Que querías una casa, llevabas la nómina a una sucursal y, en días, estrenabas techo. Todo se podía comprar, con un rectángulo de plástico que cabía en la cartera. Todo era de color rosa. Entonces un iceberg apareció en medio del océano e, inopinadamente, topó con nuestro trasatlántico y quebró para siempre la diversión.
Lo que no entiendo es, que algunos no quieran ponerse el salvavidas y colocarse a resguardo. Ni siquiera viendo que es irremediable la tragedia. Ni siquiera sabiendo que, aquellos días, tardaran en volver. Y vuelvo a ver aquellas maderas nobles, aquellas lámparas de cristal, aquellos camareros de chaqué, atendiendo a necios que piensan que es mentira lo que les dicen. Porque el crucero no llegará jamás a América. Como el nuestro, el de una riqueza prestada que no regalada, ajena que no propia. Mas ni por esas quieren algunos saltar al agua.
Así que solo cabe, como a aquellos majaretas, desearles que les aproveche su consumición. Es la última, quizás no pagarán, pero, desde luego, eso no significa que estén invitados porque, es seguro, gratis no hay nada.