jueves, 13 de enero de 2011

Sobre guerras y guerreros

Él solo era un soldado. Lo habían reclutado la necesidad y la falta de oportunidades. No había nada de vocación en su elección. Para la tropa rasa de la que Él formaba parte, estar en ese ejercito, era la única posibilidad de tener estabilidad en el tajo, de llevar un jornal con continuidad a casa, de poder seguir subsistiendo.
El mejor consejo, lo había recibido al principio de entrar a servir: las ordenes de los superiores no se discutían. Se lo había dado un veterano con muchas horas de mili y, aunque tenía ideas propias, se decía que, de pensamientos, todavía no había llenado el plato ningún día. Por eso, aunque había llegado al convencimiento de que, quienes le mandaban no sabían donde estaban de pie, callaba y asentía, ejecutando sin pasión alguna, encargos que contravenían sus principios y que, encima, no servían mas que para perder la jornada.
Su cuartel no era muy grande y llevaba años cayéndose a pedazos. Todos sabían, que era por culpa de sus mandos que, administraban fatal, el dinero que iban obteniendo. Había notado, por ejemplo, que se destinaba gran parte del mismo, a contratar otros soldados que, como Él, tenían funciones absurdas. Allí, en aquel regimiento, había más oficinistas de los necesarios, más telefonistas de los convenientes, más mecanógrafos que máquinas de escribir, más consejeros que jefes. Todos habían entrado como Él. Conocían a alguien.
¿Qué sentido tenía hacer eso? preguntó al veterano, una mañana que ambos estaban solos. Este, mirando hacia ambos lados y, tras comprobar que nadie los escuchaba, le dijo que, la clave de todo, residía en las matemáticas. Cada cuatro años había una batalla. Duraba pocos meses y participaban tan pocos que, para vencer, solo era necesario durante un corto periodo de tiempo, oponer al enemigo, más personas que las que este sería capaz de reunir pues, los medios ajenos, siempre serían menores que los propios. Por mucho que hiciesen aquellos que venían a invadir sus dominios, sería imposible la derrota siempre que, viniesen esos otros soldados que, como ellos, entraban y salían según la voluntad de los que tenían el poder. Unas frases, de todos modos, se le quedaron metidas en la cabeza: Debes saber que, quienes pelean contra nosotros, no son realmente nuestros enemigos. Nuestros enemigos son, quienes nos pagan, porque no nos dan la opción de decidir de que lado queremos combatir.
A Él, aquello le resultó incomprensible. Si Generales, Coroneles y Sargentos eran los malos, ¿por qué seguían sus mandatos? ¿qué les impedía volverse contra ellos y hacerles huir? A fin de cuentas, las armas las empuñaban ellos y no los oficiales. El veterano le miró y le pidió silencio. Más tarde, más tarde...
Aquel día, cuando salieron del acuartelamiento, mientras caminaban hacia sus casas que, como las de todos, incluso las de quienes los retarían en breve, dependían del cuartel para su limpieza, mantenimiento y defensa, su mentor le habló:
Esta no es nuestra guerra y, sin embargo, nos han metido en ella. Hace treinta años, llegaron los nuevos caudillos. Prometieron una vida mejor donde todos seríamos iguales. Prometieron cambiar el orden pues, en los tiempos antiguos, quienes mandaban, tenían la potestad de decidir sobre la existencia. Solo habría que darles a ellos las atribuciones de mando. La gente los recibió con alborozo y confiaron. Al principio todo fue bien. Hicieron mejoras y todos estábamos contentos. Había cosas que no nos gustaban de ellos pero, cuando les hablábamos, siempre nos decían que, peor estábamos con los que les precedieron. Y era verdad. Tuvieron la suerte de que, los caudillos antiguos, eran sanguinarios, retrógrados, unos dictadores, en suma.
Poco a poco, fueron introduciendo mecanismos que les favorecían más y más. Cada vez eran más los beneficios que tenían. Cada vez era más difícil vivir normalmente. Cada vez era más necesario llevarse bien con ellos para hacerlo. Cambiaron la manera de relacionarnos, haciendo mayores las diferencias entre nosotros. Una vez nos hubieron dividido, tomaron partido por un bando y lo colmaron de privilegios. Los mejorados se encargaron de ir aniquilando a los empeorados. Hubo deserciones, huidas y renuncias. Muchos quisieron vivir escondidos pero era algo estúpido. Los nuevos caudillos sabían perfectamente quienes eran los suyos. Los demás eran los malos. Dentro de poco será el próximo episodio de este conflicto. Ya están contratados quienes necesitamos para ganar. Cada vez son más porque, cada vez más nos atacan. Es una suerte, debes saber que, el armamento, lo compran con dinero de nuestro sueldo que nos cobran por servicios que no nos dan. Al menos, en la cuenta, nosotros salimos ganando. Nuestra soldada sale del sitio del que sale el suyo. Otros infelices tienen que buscarse la manera de pagar, trabajando de sol a sol, sin estabilidad, con el riesgo de ser despedidos y enviados a sus casas, en curros donde es necesario rendir y de los que te expulsan por no hacerlo. El problema es, que cada vez es más difícil buscar la pasta para mantener esto.
Él comprendió rápido pese a reconocerse poco inteligente. Mas unas dudas le asaltaron:
Y si alguna vez viniesen más de los otros.
Y si no pudiese contratarse porque no hubiese en las arcas, ¿qué pasaría?
Ganarían los otros y, te puedo garantizar que, peores que los nuevos caudillos no serían. La gente no lo comprendería y no lo toleraría. A mi no me da miedo el cambio, es más, te confieso que llevo batallas sin disparar. Si en nuestro ejercito hiciésemos todos lo mismo, tendrían que salir huyendo quienes lo gestionan, como tuvieron que hacer los viejos caudillos.
Aquella noche, Él, tomó una decisión transcendental. Esta vez, no dispararía.

Moralejas:
Uno más uno, son dos. Dos más dos, cuatro. Cuatro más cuatro, ocho... Y así, hasta el infinito.
El cariño no se compra con dinero.
El muro de Berlín era más grande, también cayó... Y Alemania es más fuerte.
Hay amores que matan.
Parecía que nadie iba a jugar mejor que el Brasil del setenta... Y mira el Barcelona.
La esperanza es lo último que se pierde.
Otra Castilleja es posible. El ejercito no es tan fiero como lo pintan.
Quien deja de luchar es el primero que pierde.