martes, 18 de enero de 2011

Agresiones

Lo veo venir. Al final, Pedro Alberto Cruz va a tener que pedir perdón. Perdón por ser Consejero de la Región de Murcia, perteneciendo al Partido Popular, claro está. A los agresores, si los terminan pillando a todos, como en otros sucesos, les pasará poco o nada. Porque aquí, los culpables han sido unos exaltados cuya única ideología es la violencia, sin ninguna filiación política. ¡Ay, si esto hubiese sucedido en Valencia!
La demagogia tiene las patas muy cortas. Hace poco, en Tucson, Arizona, intentaron hacerle lo mismo que a este infeliz, a una Demócrata muy conocida en Estados Unidos, Gabrielle Giffords. En aquellos días, recibían alto y claro, en sus casas, el mensaje de que, los instigadores, eran los célebres miembros del Tea Party, un grupo de presión ultra-conservador, reaccionario y religioso. Hace algo más, a Berlusconi le partían la cara con una catedral en miniatura y, los chistes, se sucedieron por todas las emisoras de radio. Se lo merecía, venían a decir. Como también se lo merecía Bush cuando le dieron un zapatazo. Por malos, por retrógrados, por fachas.
No es lo mismo cuando quien pilla es de izquierdas. No es lo mismo porque, hay una corriente que demoniza a los de derechas y, que estos reciban, es como si una suerte de justicia universal corrigiese tanto supuesto desmán, tanto oprobio, tanta desvergüenza y, entonces sí, entonces está justificada la violencia y la venganza es legítima.
Yo digo que el odio no tiene colores. Afirmo que quien llega a las manos pierde la razón. Me duelen lo mismo las bofetadas de una mejilla que la de la contraria. Y lo hago, porque creo en la Democracia. Quien anatemiza al contrario, quien se pretende superior por ser de un partido concreto, quien niega el derecho a existir al rival, demuestra poco de ese concepto que debe impregnar la vida española.
Situar la clave, de la brutal paliza recibida por este pobre hombre, en la crispación política, como pretende hacer el PSOE, es caer en un discurso cómodo. La verdadera clave es su revanchismo partidista pues, de su boca, hemos escuchado salir los términos fascista y dictador con una ligereza que, ahora, trae estas consecuencias. Porque la idea cala. Ha dividido la opinión pública en buenos y malos. Ha atribuido todas las desgracias de nuestro país, a una corriente tan legítima como la otra.
El PP ha purgado, suficientemente, si tenía que hacerlo, toda su supuesta herencia franquista, pagando con creces por delitos que no cometió, pues no existía. Sus militantes soportan, estoicamente, las descalificaciones y cargan el sambenito con resignación aún siendo, la gran mayoría, más jóvenes que nuestro ordenamiento jurídico.
Aunque parece obvio, lejos de aguar el fuego, seguimos trayendo a la pira, frustraciones y complejos de nuestros abuelos. Como sociedad nos queda mucho por madurar y, con cada capón que recibe uno de nuestros representantes, damos un paso atrás. Lo que dictan las urnas debe ser sagrado y no andar con tantas teorías justificatorias. Si en España gobierna el PSOE, no fue ni por atentados, ni por el Prestige, ni por la Guerra de Irak. Fue por el hartazgo. Si, como dicen las encuestas, lo hace en el futuro el PP, tampoco será ni por la corrupción, ni por Afganistan, ni por la crisis. Será por el hartazgo. Lo que justifica la alternancia es el deseo de avanzar y, en cada cambio de gobernantes, el empuje de los nuevos es renovador en esencia. Cerrar el paso, no debe ser pues una opción.
Convendría no creerse con el derecho a permanecer eternamente. Convendría ser lo suficientemente adultos como para reconocer errores y no andar señalando culpables. Convendría no albergar temores infundados porque accedan otros al mando. A fin de cuentas, todos somos españoles, cada uno con su estilo y sus maneras. A fin de cuentas, todos queremos lo mejor para la casa común. ¿O no?