martes, 25 de enero de 2011

La vaquilla de La teja

Hay cosas que se te quedan grabadas, recuerdos que son inolvidables, anécdotas que no se van al limbo. Algunas de ellas, ahora que peino canas y soy, lo suficiente mayor para algunas cuestiones aunque aún sea joven, fueron tan educativas que, como experiencias, las tengo presentes muchas manos. Una de esas vivencias, me sucedió cuando era, poco más que quince añero, en la Venta La teja.
La Venta La teja, era un establecimiento que estaba y está, en la antigua carretera de Huelva, pasando Espartinas y el cruce de Umbrete, antes de llegar a Sanlucar la Mayor. Antiguamente, era un restaurante de decoración taurina que daba unos desayunos de categoría. Hoy, simple y llanamente, es un salón de celebraciones. El encanto del lugar, residía en la posesión de una coqueta placita de toros donde, lo mismo te podías entretener viendo entrenar a Espartaco que una becerrada o, las más de las ocasiones, como algunos aficionados toreaban una vaquilla. El animal, que tenía más corridas que el abono de La Maestranza, era un auténtico peligro.
Una mañana de sábado, mejor mediodía, unos cuantos chavales, al reclamo de un torerillo que trabó amistad con nosotros, porque entrenaba en el desaparecido frontón de los Maristas, nos presentamos allí. Íbamos, como quien va a ver la de Miura en la Feria. Autobús de Jimenez, galas de domingo y quinientas pesetas en la cartera, sumando el dinero de todos. No daré el nombre del matador, porque llegó a matador el tipo, aún siendo un matado. Ni tampoco haré la crónica de aquella jornada en la que, cuando dejamos de reírnos, había anochecido. Solo señalaré que, cuando saltó el erial, viendo la reacción del supuesto maestro, muchísimos de los allí congregados supimos que, iba a tener menos recorrido, que la Vuelta Ciclista a Castilleja de Guzman. Como fue. Haciendo memoria y a riesgo de quedarme corto, recuerdo dieciocho o veinte cabezazos por parte del bicho; recuerdo una chaquetilla negra con albero hasta en los bolsillos y, porque es verdad aunque suene cruel, más tiempo el rojo del capote en el suelo, que en las manos del torero. La vaca, que siempre era la misma, sabía de corridas más que el mismísimo Sócrates de San Bernardo. No tenía un pase, conocía todos los engaños y, donde fuera el trapo no la ibas a ver en la vida. Hacerle faena, no es que fuera difícil, era imposible.
Saco esto a colación porque, salvando las distancias, en muchísimas oportunidades, veo a los castillejanos como veía aquella hembra. Los veo dueños de un rodeo chiquetito. Los veo poderosos porque conocen, no solo lo que vienen a hacerles, si no como. Los veo capaces de evitarlo. Los veo seguros en sus dominios. Mas otras, cuando los miro, lo que encuentro es cobardía, miedo y, discurriendo, llego a la conclusión de que, así, es como nos ven quienes nos gobiernan. Por eso no nos respetan.
Se que no puedo pedir a mi pueblo que vea los toros como los veo yo. Se que no puedo pedir la valentía de saltar al ruedo. Pero, lo que si puedo pedir y, de hecho, es lo que llevo haciendo años, es que cunda el ejemplo de aquella vieja coronada por una leve cornamenta. Que los esperemos resabiados y no les perdonemos los fallos. Que no puedan vacilar de tenernos domesticados. Que sirva la experiencia anterior. Que no caigamos en sus trucos.
Y que se lleven el revolcón que se merecen.