miércoles, 26 de enero de 2011

Angelito

Se llamaba Ángel Rejano, tenía treinta y seis años, una mujer guapísima y un crío. Era militar, no sé si había subido de sargento primero ya, artillero del ejército de tierra, con especialidad en traducción de ruso. Había vivido en Canarias, Madrid, Moscú y ahora, porque su mujer es de allí, lo hacía en Lérida, donde la conoció, la primera noche que hizo guardia en la Escuela de Sub-oficiales, donde fue destinado como profesor. Cuando me lo contó, supe que a este castillejano del barrio del Mueble Castellano, por el pueblo, solo lo íbamos a volver a ver en vacaciones. Porque a Ángel, ser nómada era algo que le encantaba. Estar hoy aquí, mañana allí. Pero, hasta a los más libres, un día alguien los domestica y, Paula, había logrado ponerle el lazo al caballo salvaje que era.
En honor a la verdad, a Ángel le perdí la pista hace tiempo. Cuando se lo llevaron al noreste de España, él y yo sabíamos que, mantener la relación, iba a ser más complicado. Lo intentamos pero, las cosas tienen su lógica y, ni él iba a venir todos los fines de semana, ni yo tampoco iba a montarme en el AVE o el avión, para dejarme caer por allí. De hecho, solo una vez lo hice y, la experiencia, por divertida, será el recuerdo que me quede, de un amigo al que nunca más podré abrazar. Porque, en esta última Navidad y en un desgraciado accidente doméstico, Ángel ha muerto.
Sé, que la religión era algo que no gustaba, al único miembro ateo de la Hermandad de la Brasa. Él, que era empírico, me pedía que le convenciese, de la existencia de un Dios, al que no había visto, en ninguna de las muchas misiones humanitarias en las que había participado. Sé, que por tanto, no toleraría que escribiese, que espero esté en la gloria esperando nuestro reencuentro. Sé, que se hubiese reído si le hubiese dicho que iba a rezar por él. Mas lo haré. Con todas mis fuerzas además.
Porque espero tener razón y ganarte esta porfía, hermano. Porque espero que el cielo exista, como sostengo y, volver a irme de copas contigo. Porque espero que, otra vez, me suene el teléfono para que me digan que, en Rusia, han visto a uno más feo que yo con un pibón del brazo. Porque espero tener que enterarme que, en las cafeterías celestiales, un nota rubio, con los ojos azules, le tira los trastos a todas las camareras. Porque espero volver a arreglar el mundo, en una de esas conversaciones donde, tus agudos comentarios, siempre terminaban por convencerme.
Hasta entonces, solo nos quedará acordarnos a Diego, a Fran, a Isma, a Antoñito Aguilera, a todos los que te quisimos y queremos, de las muchísimas historias que nos pasaron junto a ti. No te digo adiós porque esto no es una despedida. Te digo hasta pronto. Fue un inmenso placer tenerte a mi vera. Marcha sin cuidado. Nunca te olvidaremos, amigo.