sábado, 26 de febrero de 2011

El día que Castilleja perdió el miedo

Dentro de mucho tiempo, cuando que, en las ciudades no haya humos por la polución de los coches, sea visto como lo más normal; cuando ver que, en cada hogar haya un ordenador, sea lo cotidiano; cuando que, un mismo partido político, esté ininterrumpidamente en el Gobierno treinta años, sea insólito... Dentro de todos esos años, el día de hoy, será recordado en Castilleja de la Cuesta, la capital de mi maravillosomundo, como el día en que, un puñado de valientes, no sé si diez, cien o quinientos y, realmente, me da igual, se rebelaron contra el abuso de un partido político que, había perdido cualquier atisbo de cordura en su interior.
Ese día, cuando nos hayamos hecho mayores, quedará en el recuerdo, como el de una manifestación de vecinos arropando a sus Policías, luchando por la vigilancia que, quien mandaba, se negaba a proporcionarles, dejándolos a merced de malhechores y gentes de mal vivir. Ese día, nadie recordará nuestros nombres, ni falta que hará, pero, seguro no, segurísimo, recordará la bella estampa, de los miembros de Izquierda Unida, Partido Popular y Centro Democrático y Social, sosteniendo en perfecta armonía, una pancarta; pidiendo pacíficamente, protección ante el peligro; marchando por las avenidas, ordenadamente; defendiendo, en suma, el derecho más elemental que, los ciudadanos como sostenedores de este invento llamado Democracia, poseen: el derecho a la seguridad.
Quedarán para el recuerdo fotografías. Quedarán pruebas video gráficas, que constataran que, lo narrado, fue tal que así. Quedarán las historias que pasemos a quienes nos sucedan. Por encima de todo eso, quedará una marcha apolítica, donde no hubo ni izquierda, ni derecha; donde, cada paso dado, vino acompañado por la incorporación de más personas que, espontáneamente, decidieron salir del cómodo refugio que es el anonimato; donde, desde los balcones y ventanas, desde los portales de los edificios, una multitud de curiosos, tomaron conciencia que, ellos, los políticos, son quienes tienen que servirnos y servir nuestros intereses y que, unidos, somos invencibles porque, sin nosotros, no son nadie.
A mi, que no he querido ningún tipo de protagonismo, que me he confundido con el grueso de los participantes, que, incluso, me he retirado antes de tiempo, orgulloso de los castillejanos, satisfecho de mi pueblo, dichoso de ver una unión que es posible, por mucho que lleven tres décadas intentando separarnos en dos mitades, Nueva Sevilla y el Casco Antiguo, a mi, a título particular, me ha sabido a gloria y me ha llenado el alma, me ha reconfortado y reafirmado en que, en la pelea, cada vez estamos más, en que, con la palabra y sin temor, se puede cambiar el mundo; en que, el ejercito silencioso, se ha levantado y va a hacer frente a la dictadura de unos tipos (y tipas) que, mientras la Villa era un clamor, se tomaban una cervecita en un parque, celebrando, dos días antes, el Día de Andalucía o la Navidad, que se yo.
Ver al arbitro malo, a su chófer y a toda la caterva de ni nis, mientras, de la cocina del bar en el que se escondían cobardemente, salían cocinera y camareros, a unirse en los gritos, me ha resultado la viva representación, de lo solos que están. Y me ha dado pena, honda pena, negra pena, pena, penita, pena, comprobar que, por un asqueroso puñado de monedas, estos personajillos son capaces de vender, no a Cristo, si no a sus Padres, pero no pena por ellos que no van a moverse un palmo de sus posturas, pena por los que, todavía, sean capaces de defenderlos escudándose en la fidelidad a las siglas del PSOE, formación que, al menos aquí, es la digna representación del franquismo más clásico, en modos, en usos y en talante.
Solo me queda esperar, el refrendo en las urnas a cualquier alternativa, que las hay y bien válidas. Eso y el regusto dulce, de la victoria de una sociedad civil, armada solo con silbatos, carteles y a pecho descubierto.
Como debiera ser. Como no nos dejan que sea.