domingo, 6 de marzo de 2011

El discurso del rey

No podría dedicarme a la crítica cinematográfica aunque quisiera. No podría hacerlo porque, salvo raras excepciones, me gustan todas las películas que veo. Lo mismo, es una de las ventajas de pedirle, únicamente, a un filme, que me entretenga. De todos modos, que me guste una cinta a la que le han dado los cuatro Oscar principales (director, actor, guión y peli) y siete Bafta, tampoco tendría que ser extraño. Si no fuera porque, a los críticos y al menda, le han hecho el gusto distinto, muy distinto. Así que, estamos de enhorabuena. Coincidimos todos. Los expertos y el neófito. Los que viven de hablar del trabajo de los demás y los que pagamos por contemplarlo. Los profesionales y el aficionado.
Porque El discurso del rey es un gran trabajo, uno de esos que justifican el precio de las entradas del cine. Inciso: alguien tendría que explicarle a quien corresponda que, doce euros y pico, dos mil y pico calas, por entrar una pareja en una sala, es caro no, carísimo. Así, luego cuentas y, con cifras concretas, estamos ocho en el patio de butacas. Con todo, merece la pena pasar la tarde, visionando la cinta de Tom Hooper, con guión de David Seidler.
En esta producción anglosajona, se narra un momento crucial del Imperio Británico. La sucesión de su monarca Jorge V, en un periodo de turbulencias en Europa, con el nazismo en pleno apogeo, primero en la figura de Eduardo VIII y, una vez ha abdicado este, para casarse con la estadounidense Wallis Simpson, en su hijo, quien reinó como Jorge VI y que, para concretar, es el padre de la actual reina Isabel.
El argumento, se centra en el tartamudeo de su regia majestad. Inmenso el papel de Geoffrey Rush, como Lionel Logue. Inmensa Helena Bonham Carter, como esposa y Duquesa de York. Inmenso -los premios así lo atestiguan- Colin Firth.
Si no la hubiese visto, iría a gastarme las perras. Merece la pena, divierte y emociona, cautiva. Un buen plan, para un domingo de invierno como este. Si no fuese del glorioso, obviamente, en cuyo caso, la cita con los chicos de Pepe Mel es sagrada.