jueves, 10 de marzo de 2011

Historias de la mili

Diez años después de su fin y quince desde que me llamaron a filas, el servicio militar, ha vuelto a ser noticia de portada. De esta guisa, unos, justifican su término en el escaso predicamento que tenía entre la juventud. ¡Nos ha fastidiado! Solo faltaría que fuese popular un periodo que, por una cantidad tan ridícula de dinero como eran, las mil quinientas pesetas mensuales de mi época, se quedaba nueve meses de tu vida. Otros, recalcan que, tras su suspensión, hemos perdido un gran sistema para inculcar valores a nuestros púberes. Otra prole, no tiene ni idea de que era aquello. Los más, poseen recuerdos imborrables del tiempo en que fueron soldados. A mi, que quieren que les diga, me incluyen en el lote de los que, pese a todo, tiene vivencias magníficas del verano, otoño, invierno y primavera del noventa y seis- noventa y siete, la época en que fui miembro del Ejercito de Tierra.
Porque la mili, si bien es verdad que te partía muchos proyectos, también era una escuela de vida. Yo, estuve destinado en San Fernando, Constantina y la Capitanía Militar de Sevilla, por ese orden. Donde más, en la Plaza de España. Donde mejor, en el CIM de Camposoto. Donde ni me quiero acordar, en la Sierra Norte sevillana. Tres emplazamientos, para tres experiencias. Del primero, tengo como recuerdo principal, la novedad de aprender a vivir bajo el sometimiento estricto a la disciplina castrense. Aquello, groso modo, te daba respeto a la autoridad, puntualidad, higiene y prudencia. Te hacía convivir y aceptar a tipos de cualquier condición. Aprendías que mayores, menores, estudiantes, trabajadores, guapos y feos, no eran iguales. Aún así, hermanaba. Preparaba para un caso que, ojalá, ojalá, nunca llegue: la defensa de tu país.
Del segundo, un radar en medio de la nada, aprendí que, los espabilados, sabían salir de cualquier circunstancia. Del tercero, un monumento habitado, la plaza donde moraba la jerarquía que, sin padrinos no se va a ningún sitio y que, una vez confían en ti, hay que partirse el morro por justificar la apuesta.
No es poco, todo me sigue sirviendo. No fue tiempo perdido. Las enseñanzas que traía de casa, se revalorizaron. No diré que me hizo un hombre pero, a día de hoy, se que valió la pena.
Por eso no entiendo a quienes, sin saber de que hablan, porque tienen solo referencias externas, se atreven a criticar aquello. No era perfecto, caray. Pero, desde luego, hoy sería un magnífico lugar para enderezar a tanto Carcaño, tanto Samuel y tanto Cuco de la vida. Claro que, siempre habrá quien no lo vea así. También es lícito, como no y de que podamos discutirlo, se encargan ellos, los militares, los garantes de nuestra Constitución, los únicos que juran defender la bandera rojigualda, con su sangre si es menester. A ver porque iba a ser malo, sentirse en su papel, si quiera un cuartito de hora.