domingo, 13 de marzo de 2011

Mi colaboración para la revista Calle Real

Únicas y genuinas: las buñoleras de la Calle Real.

No están puestas en un altar. No están hechas de madera. No están pintadas en un lienzo. No les han compuesto marchas. No les tocan las campanas. No visten ropas lujosas pero, en sus blancos mandiles, en sus delantales bordados, hay más elegancia que en todas las pasarelas de moda de París, hay más estilo que en todos los escaparates de las avenidas de Madrid y, en el coqueto rincón donde laboran, está Dios más presente que en muchísimas ermitas, porque es amor lo que sale liado en una simple guitita.
Son ellas, las buñoleras, únicas y genuinas, una estampa de otro siglo, una postal viva, un tesoro, uno más, de los muchos que son Patrimonio de la Calle Real. Que no todo es oro, ni brocado, ni labrado.
Dicen que la receta es sencilla y yo digo, que a la vista de todos trabajan para que, quien se atreva, iguale su producto. Dicen que venden aire y yo defiendo, que es arte lo que sale de sus peroles y sus manos. Es más, rotundamente afirmo, que a diferencia de otros, ese manjar artesano, que no entiende de masas, de proporciones, de medidas, que cada vez es distinto para saber siempre igual, que se come con los ojos, hace que el viento alimente y habla con su olor, es perfecto en su bendita irregularidad y, que si probaran los japoneses o los yankees los buñuelos, como pasó con el jamón o el Rioja y, como pasa con el atún, en Castilleja de la Cuesta, no habría suficientes manos para hacerlos, porque nos los quitarían de ellas.
Sin embargo, cuando colgamos medallas y repartimos diplomas, cuando pedimos que rotulen calles y hagan monumentos, siempre nos olvidamos de ellas que, con su callada labor, con su silente esfuerzo, son las mejores Embajadoras de la Hermandad y a mi me da mucha pena, no tener la pluma de Pemán, ni los versos de Romero Murube, ni la gracia escrita de Antonio Burgos. A mi, que solo sé juntar renglones, me causa honda tristeza, no tener las palabras que se necesitan para poner en su lugar, a unas Señoras con mayúsculas, que quitan tiempo a sus familias, porque así se lo pide su corazón; que meten por las puertas unos buenos duros, ahora que más falta hacen; que hacen más chorreones que nadie, porque conquistan por el estómago; que son los ángeles que custodian el camarín del Señor y que, si el Gran Poder hablase, como habla en la Madrugá, con las letras que busco y ahora me acaba de susurrar, les diría:

No me apena ir a la muerte
porque conozco la suerte
que a mi me va a tocar.

Mi túnica la perfumará
un perol lleno de aceite,
pintao de blanco y celeste...

¡Y en la Calle Real!