miércoles, 16 de marzo de 2011

No ir a votar, no debiera contemplarse como opción

Una de las frases más lamentables que oírse puede, en política, es aquella de "el pueblo tal, es del signo cual". Una aseveración de tal calibre es falsa, pues es simple constatar que, para tener tal certeza, tendría que darse la improbable situación de la asistencia a las urnas, el día convenido, de la totalidad del censo de votantes y, solo en ese caso, del recuento obtenido, si el resultado es abrumadoramente mayoritario, podría afirmarse que confirma la teoría en cuestión. Claro está, con validez para los cuatro años siguientes. Exclusivamente.
Como, hasta ahora eso nunca ha ocurrido, defender que Andalucía o Sevilla o Castilleja de la Cuesta, son de izquierdas, es falso. Como, en el lado contrario, defender que Valencia o Cádiz o Espartinas, son de derechas. De ahí, la importancia de quienes no votan.
Sostener que un sitio es, ideológicamente de una tendencia cuando, las más de las veces, quienes depositan sus votos, no llegan a porcentajes que signifiquen, ni tres cuartos de población, es de interesados. Lo haga quien lo haga.
No voy a cuestionar, que haya el número de papeletas que haya, el marcador final es válido. Lo que si cuestiono, es que sea legítimo porque, en casos muy concretos, se han visto gobiernos elegidos por cinco mil... de diecisiete mil vecinos.
¿Hasta que punto puede interpretarse, el resultado de un muestreo electoral con participaciones tan bajas, como la expresión de todo un conjunto de habitantes? ¿Es coherente que el pasotismo, desinterés o el hastío de una masa, condicione como se mueve un patrimonio colectivo? ¿Deberían arbitrarse mecanismos para, por falta de quórum, declarar nulas determinadas convocatorias, como ocurre en las asambleas de cualquier asociación?
Son interrogantes que cabría plantearse, lejos de acaloramientos partidistas pues, el tema, no es baladí dado que, lo que se pone en juego, es ni más ni menos, el modelo de gestión, la habitabilidad futura y el valor de las inversiones.