sábado, 26 de marzo de 2011

De la rosa solo nos queda el nombre

Hoy toca historieta que, por suerte, no todo en la vida es política. Quien no quiera seguir leyendo, porque le de igual aprender, puede dejar de hacerlo ahora mismo. Es pelín dura y, muchísimos de los lectores de elmaravillosomundodemiguel, seguro que la conocen. Es la historia del FC Start.
Arranca el diecinueve de Septiembre de mil novecientos cuarenta y uno. Ese día, Kiev, la capital de Ucrania, es tomada por los nazis que despliegan un régimen de terror, represión y castigo. Durante los siguientes meses a Kiev, llegaron cientos de prisioneros a los que no se permitía hacer nada, salvo pasar frío, hambre y deambular. Entre aquellos enfermos, desnutridos y vagabundos, estaba Nikolai Trusevich. Trusevich había sido portero del Dínamo de Kiev.
Una buena tarde, un panadero alemán, Josef Kordik, libre por tanto de cualquier restricción, paseando por la calle, reconoció al arquero pues era un acérrimo hincha del equipo local. Aunque era ilegal, se las ingenió para ayudarlo y lo contrató. Imagínense el lujo de tener a un ídolo, viviendo bajo el mismo techo. La convivencia, hizo vivir al artesano las interioridades de su pasión y, claro, de esos instantes, surgió la idea de buscar al resto del equipo y salvarlo.
Kordik, convenció al uno de su escuadra, para que se pateara las avenidas, callejuelas y plazas de la urbe. Conforme iban apareciendo, iban siendo reclutados. Lo hicieron casi todos e, incluso, tres futbolistas del Lokomotiv.
El siguiente paso, fue el más lógico. Bajo la protección de un alemán, nació el FC Start, sucesor del viejo Dinamo, al estar prohibida la nomenclatura anterior.
El siete de Junio del cuarenta y dos, debutaron venciendo siete a dos, pese a una vigilia de curro. Tras este choque, el siguiente rival, el equipo de una guarnición húngara, fue goleado seis a dos. Un once rumano fue el siguiente en caer. Lo hizo por once goles de diferencia.
Tras estas victorias, la fama trascendió y, el diecisiete de Julio, un club del ejercito alemán, fue avasallado con un contundente seis a dos.
Esta colección de panaderos, comenzó a ser fastidiosa para los jerarcas nazis que, conscientes de la importancia del deporte, quisieron cortar la trayectoria enfrentándolos con un equipo húngaro, el MSG, considerado en aquellos tiempos, galáctico.
También fue humillado. Cinco a uno en el primer duelo y tres a dos, en la revancha.
El seis de Agosto, los alemanes, convencidos de su superioridad, resolvieron llevar al equipo de la Luftwaffe, el Flakelf, instrumento de propaganda de Hitler. Pese a la dureza, el correctivo fue severo. Cinco a uno.
Esa fue la gota que colmó el vaso. Los invasores, preocupados por la repercusión, investigaron y descubrieron que, su contendiente, era el célebre equipo del Dinamo. Ordenaron matarlos pero, eso sí, antes había que ganarles pues, para su publicidad, no querían un final que perpetuara su derrota.
Con un clima tremendo, una expectación insólita y muchísimas amenazas, el nueve de Agosto, el Estadio local se llenó para acoger la vuelta de aquella inverosímil eliminatoria. De un lado, los futbolistas del Start, camisola roja, pantalón blanco. De otro, los teutones, con sus célebres colores blanco y negro. Arbitró un oficial de la SS.
Se adelantaron los alemanes pero, ya al descanso, el marcador, entre la algarabía del respetable, marcaba un dos a uno. Hubo visita al vestuario y, la consigna fue clara, derrota o muerte. En la reanudación, la grada llevó al viejo Dinamo a la victoria final, un cinco a tres, coronado con una acción que denotó la inmensa categoría de aquellos héroes. El punta Klimenko, en un mano a mano, tras sortear al meta, en lugar de empujar el cuero al fondo de las mallas, lo paró junto a la línea y, volviéndose hacia el centro del campo, lo desplazó hacia allí.
En los días siguientes, toda la Unión Soviética hablaba de aquello. Los nazis, decidieron dejar que marcharan. Es más, los dejaron volver a jugar. Ganaron al Kukh, ocho a cero.
Pocas fechas después, la panadería recibió la visita esperada y, la totalidad de los presentes fue arrestado, acusados de ser espías de la NKVD, fundamentando los cargos, en la evidente asociación del equipo madre y la Policía secreta. Cualquier motivo hubiese valido.
El primero en fallecer fue el empresario de la alimentación. Los demás, fueron trasladados al campo de concentración de Siretz. Trusevich, el arquero, fue torturado y asesinado con su camiseta puesta. Solo salvaron la vida, Goncharenko y Sviridovsky, ausentes el fatídico día y que se escondieron hasta la liberación de la ciudad en el cuarenta y tres.
En 1981, John Huston, se inspiró en este hecho para su película Evasión o victoria.
Todavía hoy, los poseedores de una entrada de aquel partido, tienen derecho a un asiento gratis en el Estadio del Dinamo, donde hay un monumento que recuerda a sus héroes. Testimonio de aquel día, es una fotografía que preside el museo del club y que, bajo los nombres de los participantes, exhibe una leyenda: de la rosa solo nos queda el nombre.
Y, colorín, colorado, este cuento se ha acabado.