miércoles, 6 de abril de 2011

La camiseta de Quico

Si viviera Quijano, no tendría que explicar quien fue Quico porque, al bueno de don Antonio, no se le olvidaban ni el nombre ni los apellidos, de ninguna de las fichas del Real Betis Balompié que, en una cantidad equivalente al tamaño de una montaña, había tenido que rellenar. Quijano, como Quico, no está entre nosotros ya. Uno, con la única compañía de un chófer de Tussam, se marchó al cuarto anillo cuando, a lo que iba en el urbano, era a cumplir su cometido en las oficinas del Estadio. Otro, joven, lozano, pleno aún, se fue a vestir la albiverde, a los prados de la gloria, va ya para siete años.
Quico fue un defensa central que, de la mano del gran Lorenzo Serra Ferrer, tomó la alternativa en aquella escuadra heliopolitana de mediados de los noventa, que asombró a Europa entera, con victorias de tronío en Estambul o en Kaiserslautern y, a la que solo pudieron detener, el Barcelona de Ronaldo y Figo, en una final de Copa inmerecidamente perdida, la del Bernabéu y, el Chelsea de Zola, Gullit y Tore Andre Flo, a la postre Campeón de la extinta Recopa. La enfermedad puso fin, prematuramente, a la carrera de un chico que, como Tristán, como Aurelio, como otros tantos, pudo haber comido del fútbol perfectamente. El pago que recibió fue, el desprecio de un Lopera que, en el colmo de la crueldad, lo puso a limpiar las gradas de la Ciudad Deportiva, mientras se resolvía su jubilación.
Hace unos días, en medio de la tonelada de material que acumulaba, en un almacén de las inmediaciones de Jabugo quien, jamás de los jamases, debería volver a salir a la calle, por tirano, por carente de ética, por malo, apareció una tercibarrada con el veintitrés y el nombre de ese tipo, al que tuve la suerte de tratar en el Marengo de Castilleja de la Cuesta, en un tiempo donde estuvo de novio con una paisana y al que, porque es verdad, recordaré siempre como una buena persona y un caballero. Esa camisola, le ha sido entregada a un amigo por un compañero suyo, Juan Ureña, componente del cuadro técnico de la entidad.
Y a mi, que soy un romántico, que soy un mitómano, me parece que, la misma, donde debiera estar sería en el futuro Museo del Club, como recuerdo indeleble de alguien que, es cierto, no pasará a la Historia por sus logros deportivos, ni dejará recuerdo, mas que por haber sudado, como tantos miles, los colores de la casaca verdiblanca pero que, en como fue tratado y vejado, representa el odio que quien se dice cristiano, profesó a todos los que no le rieron las gracias. A mi, que creo en la Justicia del tiempo, me da la impresión que, esa confección escondida y secuestrada a su legítimo propietario, el Betis, simboliza dos nefastas décadas donde, mi alma y la de una afición, fueron maltratadas por un déspota que, en el colmo del egocentrismo, creyó que era suyo lo que no es de nadie y es de todos. A mi, que se que al final todos tenemos lo que merecemos, me da alegría que, hoy, mientras llega el día en que sea realidad ese espacio para el recuerdo, se haya hecho depositario de ese retal cosido con la sangre, el sudor y las lágrimas de generaciones de béticos, a uno que recordará a quien lleva más de seis años en el cielo. Porque lo que hizo un ditero del Fontanal con Quico, es lo que hizo con todos nosotros y, esa camiseta, la única que se ha encontrado, la que lo libra del olvido, no es que esté hecha de oro, no es que valga un potosí, pero de lo que se ha fabricado, es del mismo material con el que se crean los sueños y eso, eso sí que es un tesoro digno de tener expuesto en una vitrina, para que todos sepan que, con los que sufren por lo que acontece en la Avenida de la Palmera, no va a haber quien pueda nunca.