miércoles, 13 de abril de 2011

La Ley del menor: un error subsanable

Mozart no había cumplido cinco años, cuando ya componía obras musicales en Salzburgo, que asombraban a la realeza y a la aristocracia. Beethoven, sobre los siete de edad, debutó en Colonia y, a los once, realizó su primera composición musical Nueve variaciones sobre una marcha de Erns Christoph Dressler. No tenía aún doce Blaise Pascal, cuando le había dado lugar de reinventar la geometría euclídea. Diecisiete gastaba Rimbaud cuando nos legó Le bateu ivre. Los mismos, por otra parte, que rondaba Raúl, cuando empezó a escribir su leyenda con el Real de Madrid. Federico García Lorca publicó su primer libro, Impresiones y paisajes, con escasos veinte añitos. Ducasse, Cantos de Maldoror con solo uno más. Saint Just, veinticinco veranos, impuso a la Asamblea el regicidio de Luis XVI. Misma fecha de cumpleaños tenía Holderling, redactando el proyecto del idealismo alemán, junto a Schelling y Hegel. Alejandro de Macedonia había conquistado medio mundo conocido con apenas veintiséis añillos y, por concluir, John Keats, con los mismos tacos de almanaque, se había ido a criar malvas dejando, eso sí, un legado poético inmenso.
No hay edad para ser genial. No hay una norma que impida a los niños hacer cosas de adultos. Algunos hacen la faena cumbre de sus vidas tan pronto que, el resto, pueden emplearlo en la contemplación de la misma. Lo mismo que para hacer el bien, también están preparados los seres para hacer el mal, desde la infancia. No creerlo, no contemplarlo, es de necios.
Llevamos muchísimos telediarios en el cuerpo como para no entender que, quien es capaz de decidir asesinar a los quince es lo bastante maduro, como para acatar la pena que le caería al que cometiese el crimen a los cuarenta. Mientras más tiempo perdamos en reformar nuestras leyes, más posibilidades hay de seguir llenando horas de televisión, con crímenes como los que no citaré aunque todos tengamos presentes.
En breve seré padre. Dos renacuajos llenarán de sonrisas, lágrimas, desvelos y satisfacciones mi vida. Sé, porque llevo más de doce años trabajando con niños, lo que supone un crío para su familia. Son los príncipes de las casas. Imaginar lo que tiene que ser perder un hijo, no está a mi alcance de momento. Mas no por esto permanezco insensible a esta problemática. En el 2012 hay Elecciones Generales, espero y deseo ver, en los programas electorales de los respectivos partidos, la propuesta de reforma de esta terrible Ley del menor, que habrá que cambiar para que haga, de verdad, Justicia. Mi voto será para la formación que arregle esto. No entiendo como, a estas alturas, sigue en vigor. Seguro que tiene que ver el hecho de que, de momento, no le ha pasado nada a la hija o hijo de ninguno de nuestros políticos. Otro gallo hubiese cantado si, en vez de del Castillo, la pobre Marta se hubiese apellidado Zapatero o Rajoy.