domingo, 1 de mayo de 2011

Ochenta años de un icono de la arquitectura

En la vida hay que luchar por cumplir los sueños porque, aunque pienses que alguno de los mismos nunca podrás hacerlo real, la esperanza es lo último que debes perder. Uno de los míos, a Dios gracias, pude vivirlo hizo el día uno de Enero, tres añitos ya. Se trataba de divisar Nueva York (tras Castilleja de la Cuesta la segunda gran capital del planeta) desde la azotea mirador del Empire State Building. A las pocas fechas, repuesto de los rigores horarios, le mostré la foto a mi Padre, en el salón de mi casa de Tomares. Presenciaba la escena mi abuela Carmelita, que estará junto a Jesús del Gran Poder en la Calle Real del cielo. Ella, que era una cinéfila empedernida, inmediatamente me habló de Fay Wray, la protagonista de King Kong. Él, que tiene la gracia que tenemos los Navarro, hizo un chiste que, la verdad, tuvo su punto y con el que me reí: contigo son dos los monos que han subido ahí arriba.
Traigo una anécdota personal, a este negro recuadro virtual que leen, bastantes más de los que le gustaría a nuestra alegre ni-ni pandi, para hacerle un pequeño homenaje al edificio neoyorquino, desde este otro lado del charco. Desde la otra gran urbe universal. Desde la que exportó talentos como Eduardo Cansino, padre de una tal Rita o Gilda, si lo prefieren, porque hoy, precisamente hoy, hace ochenta años que el Presidente yankee Herbert Hoover lo inauguró.
El Empire fue construido por William Lamb con dinero de John Jakob Raskob. Situado en la Quinta Avenida con la Treinta y tres, su obra duró catorce meses y, en la misma, fallecieron también catorce personas. Ocupa la parcela que cobijó al Waldorf Astoria del que ya les hablé hace tiempo. Tuvo una altura, en esa fecha, de trescientos ochenta y un metros, ampliados años más tarde, hasta los cuatrocientos cuarenta y cuatro finales, con la colocación de una antena. En 1972, perdió el honorífico título de bloque más alto de la Tierra.
Mientras su imponente figura art decó iba transformando la silueta de la city, en otra parte de la misma, se alzaba el que, para mí y para muchos, es el verdadero símbolo de los rascacielos de Manhatann, el Chrysler Building. Fue tan brutal el impacto de la construcción de este otro coloso que, a los dueños del Empire, no les quedó más remedio que alterar los planos y hacerlo crecer.
Estas ocho décadas, mientras sus ascensores transportaban a millones de turistas hasta su inhóspito techo, la sociedad ha cambiado y convertido, a la ciudad que lo cobija, en el centro de poder por excelencia. Allí, rodeado de rejas que evitan los suicidios, en medio de un viento gélido, contemplando Brooklyn, Central Park o la cubierta del Madison Square Garden. Viendo Harlem o el Bronx. Mirando el Radio City. Oteando las pistas de hielo del Rockefeller Center comprendí como, cuando el hombre se empeña, pocos objetivos se resisten. El mío ha sido, con estas humildes líneas, testimoniar el orgullo que siento al haber pisado su cima y, si de paso les he enseñado algo, mejor que mejor. No dicen que hay que aprender algo antes de acostarse. Pues eso.