domingo, 8 de mayo de 2011

Severiano Ballesteros

Donde solo había fútbol, poquito a poco comenzó a aparecer el resto del deporte. Primero vinieron baloncesto, ciclismo y boxeo. Más tarde, apareció Manolo Santana y nos trajo el tenis. Después, Paquito Fernández Ochoa se hizo de oro, practicando esquí. Finalmente, Ángel Nieto popularizó las carreras de motos. En medio, el golf, un sport británico y asociado a las élites, que había entrado en España por el norte, se hizo popular en las manos de un chicarrón de Pedreña. Hace escasas horas se nos fue para siempre.
Se llamaba Severiano Ballesteros y había comenzado su carrera de maletilla, término que, aquí, por la influencia anglo, se escribe caddie. De lo más bajo, pasó a lo más alto. No voy a recordar su extenso palmares, en el que sobre salen los British, los Masters de Augusta y las Ryder Cup. Ni el Príncipe de Asturias. Prefiero quedarme con un hito más grande.
Y es que, al calor de sus victorias, de la nada, de eriales y secarrales, comenzaron a florecer campos tupidos de hierba, greenes, bunkeres y banderas. Los palos y las metálicas bolas dejaron de sernos extraños. A TVE ya no se le ocurría cortar el final de un torneo importante. Las madres querían que sus hijos fuesen como Él.
Todo eso, fue culpa de un tipo al que se ha llevado el cáncer y que, durante gran parte de su carrera, ha sido más valorado fuera que dentro de nuestro país. He escrito que prefería quedarme con un hito superior. Está claro cual es. El título más grande que se lleva es el de pionero. Pionero en la mayor potencia deportiva de este siglo. Pionero o visionario.
Descansa en paz, Seve, siempre estarás en nuestros corazones.