miércoles, 11 de mayo de 2011

Un niño, un árbol

En Tomares -el pueblo al que, si hiciésemos caso a las recomendaciones de nuestro sin par Juan Manuel Anguas, nos deberíamos ir a vivir todos los que no pensamos como él- uno de los programas estrella se llama, precisamente como esta entrada: un niño, un árbol.
¿En qué consiste la medida? Sencillamente, en la plantación de una especie arbórea, por cada natividad acompañada de empadronamiento y, para que conste, suele colocarse una graciosa placa, al pie del mismo, en un acto que cuenta con la presencia de los padres y las criaturitas que, a lo tonto, a lo tonto, se ha convertido en un clásico. Con ello, se han logrado dos cosas: Una, aumentar el censo. Dos, llenar de vegetación un conjunto de casas, calles y personas, con lo agradable que es este hecho. Podría añadirse una tercera y es que, conforme crece el madero, crecen la implicación y concienciación del menor, en el respeto al medio ambiente. Podría, obviamente, si quisiese ser demagogo. Por eso, hagan como si no hubiese escrito el tercer punto. Porque habrá gente que, en el resto de su vida, vuelva a preocuparse por como va desarrollándose, poniendo sombra en las avenidas y parques, el ser que, a la par que su vástago, se hace mayor.
En Castilleja de la Cuesta, como todos sabemos, no se hace esto. En nuestra Villa solo tenemos, abiertos al público, cuatro espacios cubiertos de hierba, ramas y flores. El de la Casa de la Cultura, el Parque Verde, el nuevo, inaugurado a bombo y platillo, ubicado en Puerta Castilleja y uno pequeñito, entre el Colegio Público Luis Cernuda y su extensión -hoy clausurada- dedicada a educación infantil. Nadie ha sabido explicarme nunca, cual es el motivo por el que, el coqueto jardín de la Hacienda Santa Bárbara, no está puesto a disposición de sus legítimos propietarios, los vecinos de la localidad.
El contraste, en lo verde, es tan brutal que es facilísimo discernir, cuando se ha atravesado la linde de los términos. La coloreada del color de la esperanza, desgraciadamente, no es la nuestra. Es nuestra otrora hermana pobre.
La calidad de vida, entre otros detalles, también es esto. No es lo mismo vivir en un sitio donde la naturaleza entra en los hogares, a hacerlo en otro, donde para ver una planta hay que montarse en el coche. No es lo mismo tener lugares para el esparcimiento y la convivencia, a no tenerlos. No es lo mismo implicar desde enanos a los habitantes, haciéndolos propietarios de lo plantado, a no.
He querido dejar plasmado este pensamiento porque, tener conciencia ecológica es esto más que nada. De nada sirve reciclar, hacer escuelas taller de jardinería, poner los contenedores soterrados y otras acciones si luego, no evitas la desertización, dándole su sitio a la vegetación. A mi, que quieren que les diga, me parece una idea preciosa y digna de ser copiada. ¿Se imaginan nuestros dos kilómetros cuadrados llenos de macetas y árboles? Ahí tienen una sugerencia todos nuestros candidatos a Alcalde.