lunes, 6 de junio de 2011

El Rey de Francia es español

Igual que los Borbones -de origen francés- reinan en España, en Francia, por mucha República que haya, quien se sienta en el trono es un españolito de Mallorca, vecino de Manacor por más señas. Se llama Rafael, como el célebre artista italiano, aunque ni pinta, ni diseña, ni modela. Juega al tenis, como los ángeles (si en el cielo hay raquetas) tengo que añadir.
Cada año, cuando llega la caló, va el monarca Nadal Parera a su palacio, con rojos jardines de tierra sin flor alguna, a ponerse su corona, a demostrar quien manda, a dejar claro que aquellos, por más pretendientes que traigan, por más conspiraciones que urdan, son sus dominios. Le da lo mismo jugar siempre con el público en contra. Le es indiferente que le piten. Al número uno mundial, al ganador de diez grandes, al vencedor de tres Davis, al Oro Olímpico, cuando la ciudad del Sena proclama al mundo, el inicio de su Open, la competitividad le estalla en la sesera y siente la necesidad de chillar, de gritar, que en las pistas de Roland Garros, la única cabeza que puede exhibir corona es la suya.
Así ha sucedido seis veces y, por eso hoy, nadie en el universo puede decir que ha alzado más veces la Copa de los mosqueteros. Así ha concluido la fiesta, cada vez que en la final del domingo, ha salido la fiera por la bocana del túnel de vestuarios.
Entiendo la frustración gabacha, ante la tiranía de un veinteañero que ha decidido empacharlos de bandera roja y gualda, hacer que oigan por narices nuestro himno y levantarse a aplaudir a quien, en su subconsciente, no es más que una rata de allende los Pirineos, como Contador, el ciclista al que no saben como meter mano porque es tan bueno, que los hace amar a un paisano de la nación que más odian.
Lo peor no es lo que llevan pasado. Lo peor es lo que les queda por ver. Al sobrino del gran Miguel Ángel y del listísimo Toni, al novio de Xisca, le queda cuerda para rato. Al de Pinto, al reciente vencedor del Giro, al novio de Macarena, solo el TAS puede quitarlo de en medio.
Iba a decir que siempre les quedará París, pero no lo haré, es mentira. Ya no les queda ni eso.
En París se rindieron hace mucho a la legión española.