lunes, 13 de junio de 2011

Carta abierta a Juan Manuel Anguas

Señor Anguas:

Usted y yo no somos amigos por mucho que, en alguna etapa pretérita de nuestra existencia, producto quizá de mantener amistades comunes, nos hayamos visto más veces de las normales. A mis amigos los suelo elegir con más tino, aunque algunas veces también me equivoque.
Con usted, por ejemplo, estuve a punto de hacerlo. Le di mi confianza. Lo puse al tanto de algunos aspectos personales y familiares. Me sincere y, a cambio, lo que obtuve fue frialdad, distancia e incomodidad por hacerlo depositario de problemas que, al cabo, nada le interesaban, como el tiempo, que es el juez inexorable que tiene la vida, ha terminado por demostrarme.

Quiero pensar que, por esa afinidad no completada, usted, haya podido deducir que, ambos, somos si quiera conocidos. Para mi, su persona no significa nada como, repetidamente, he podido comprobar cuando la situación ha sido a la inversa.

La amistad es un concepto al que tengo una estima tan alta que, a quien brindo la mía, lo hago de mi familia, concediéndole derechos que, a gente a quien se encuentra en la calle, usualmente no se suelen otorgar. A un amigo, siempre le tengo un plato en la mesa, una cama donde dormir y un abrazo reservado. A un amigo, le doy con las llaves de mi corazón las de todas mis posesiones materiales. A un amigo, le tengo abierto el teléfono las veinticuatro horas del día, todos los días del año. A un amigo, lo sigo al infierno. Con usted, no iría ni a la vuelta de la esquina porque, desafortunadamente, he podido constatar que no es de fiar.

Por eso, su empeño en saludarme, en iniciar conversaciones conmigo, en mantener unas formas que ambos sabemos, son solo apariencias de cara a la galería, porque ni usted me traga a mi, ni yo lo soporto, solo puedo tomármelas, como una muestra más de lo elevado que cree que está su pedestal, con respecto a la posición que ocupa este humilde ciudadano. Solo puedo tomármelas, como las recalcitrantes muestras, de una fallida interpretación de lo que la educación supone.

La educación no es sonreír y apretar una mano, cuando luego se va a hacer todo lo posible por fastidiar a quien se ha hecho destinatario de esos gestos de supuesto cariño. La educación no es pronunciar un hola, un como te va, un qué tal, a quien te importa un pimiento. La educación no es eso. Eso es impostura y es muy cómodo, cuando quien tiene las mejores cartas en la partida es uno.

Esto es largo y me he dado cuenta que soy paciente. Siempre no va a estar usted, según su torticera interpretación, arriba y servidor, en su criterio que no en el mío, abajo. He visto Alcaldes, que no podían avanzar sin que se los comieran a piropos, arrinconados en la barra de un bar sin que, quienes pocas hojas de almanaque antes lo elevaban a los altares, le dirigiesen si quiera una triste mirada. Se que usted va a pasar por eso. Lo sé porque lo he vivido, no una, si no dos veces y, como conozco el paño, en la convocatoria de despreciados, los siguientes son usted, ese al que le dieron el sábado el bastón de la capital de mi maravillosomundo y una tipa que, a fuerza de que le digan que es lista y está preparada, se lo ha tenido que terminar creyendo.

Hasta ese momento, le rogaría si usted tiene a bien, se abstenga de montar circos como el de hace dos días, en el que dejo, deliberadamente, su mano extendida frente a mi pecho, pretendiendo recibir algo que no fuese lo que, eso si que son valores, respeto y categoría, usted lleva mereciendo tiempo sin que se lo de, ni lo vaya a hacer jamás.

Sin otro particular, se despide José Miguel Navarro. Obviamente no para lo que quiera mandar que ese honor, me va a consentir, siga estando reservado a quienes de verdad me importan, entre los que usted, no está, ni va a estar jamás.