miércoles, 3 de agosto de 2011

Sin comentarios

Ya tenemos reacción oficial del que iba a propiciar el cambio en Castilleja de la Cuesta. La primera medida, tras constatar que no convencen sus explicaciones -como iban a hacerlo, si el cambio era que nada se moviese- es, suprimir la posibilidad de que entren comentarios en su blog. Esta solución, que entronca con la histórica manera de hacer las cosas de Izquierda Unida, formación que es representante, en España, de paraísos de la libertad de expresión como China, Cuba o Corea, es una clara muestra de la clase de política que podría hacer, si llegase a ocupar un cargo con poder real y recuerda, perdón por la humorada, el proceder del pescadero de la serie "La que se avecina" que, ante las quejas, se victimiza, impone el ordeno y mando, confiscando, por último, el felpudo.
Tomás Arias es nuestra versión local del marisquero (mira que le gusta una mariscada a un comunista). Pretende ser un héroe, está haciéndose el mártir en los lugares donde aún lo escuchan, ha hecho lo que le ha venido mejor aunque sea lo contrario de lo que prometió y, en el colmo de la cara, ha tapiado la puerta de entrada a su casa para no escuchar el clamor de la calle. Encima, en la magnífica web Castilleja de la Cuesta protesta, insinúa no se que sobre la masonería, los del pueblo de toda la vida e, intenta, con un tiro que me hace gracia, hacerme parecer un paranoico por mi última entrada, con el inequívoco objetivo de desviar la atención. De verdad caballero, no siga por ahí, no se equivoque más, no fabrique enemigos artificiales. Su peor compañero de viaje ha sido usted mismo y esa verborrea incontenible, de vendedor de crece pelos ambulante, que le ha llevado a decir lo que quería escuchar todo un censo, sabiendo que era mentira lo que ofrecía.
Y es que, se puede engañar a muchos mucho tiempo. A unos pocos mucho tiempo. A unos pocos poco tiempo. Lo que no se puede, por más que se intente, por más que se crea que lo puede conseguir uno, es engañar a todos, todo el tiempo y a este tipo, con la contumacia de los acontecimientos de los tres únicos Plenos de esta legislatura, el reloj, como a su caduca ideología, le ha señalado el fin del timo. Sería conveniente que, en evitación de males mayores para su simulacro de partido, tirase de esa inteligencia que tanto gusta hacer resaltar y recogiese la mercancía.
Aquí no vamos a comprar más.
Sus gambas y langostinos, imitador barato del señor Recio, huelen a podrido.