martes, 20 de septiembre de 2011

Mi colaboración para la revista de la Hermandad de la Calle Real

EN EL ADIÓS DE UN CHORREÓN LLAMADO JUAN ANTONIO VELOSO

Comencé a tratar a Juan Antonio Veloso muy tarde, tardísimo. Juan Antonio ya era sexagenario, estaba jubilado y tenía, como obligación principal, realizar los mandaos de su casa. Servidor coincidía con él, en la puerta del Colegio Luis Cernuda cuando lloviese, tronase, ventease o nevase ambos, íbamos a recoger nuestros niños. Veloso había sido conductor toda su vida y era una auténtica enciclopedia sobre carreteras, rutas, ventas y motores. La vieja escuela, a la que tan poca importancia concedemos y que tanto tiene que aportar.
Gracias a coincidir en el oficio, trabé amistad con un caballero que, por desgracia, partió hace poco y al que, durante todo este estío he recordado en cada café en El Hacho, en cada salida por el desvío de Santa Fe, en cada paso por La Malaha, en cada incorporación en el cruce de Otura. Porque, en concreto, me enseñó a ir a Motril que es, la plaza de la costa granadina donde llevo veraneando los últimos cinco años y es que, siguiendo sus consejos, ahorro veintiún kilómetros y media hora de viaje eso, sin hablar del combustible, obviamente. Como para no hacerle caso y no acordarme con cariño.
Lo que en principio fue una parada de camaradas de volante, devino con el tiempo en una tertulia donde Él, mi Padre y yo, nos lo pasábamos pipa haciéndonos rabiar cuando, indefectiblemente, tocábamos diversos temas. Veloso era muy castillejano, muy de El Faro, muy chorreón, muy de su familia y muy, muy mucho, de la patulea que era, como definía a la reunión de sus hijas y los amigos de estas; gente que sabe divertirse, que sabe disfrutar, que sabe vivir y que, en el viejo camionero, tenía un admirador, un confidente y un apoyo para lo que quisiesen organizar. Si hacía falta llevar en el coche dos ollas, las neveras del hielo o un jamón a una pará del camino, ahí estaba Veloso. Si había que hacer cruzar la carriola o un todo terreno por la Raya, Veloso acudía presto al rescate. Para Él no había nada mejor que hacer, que hacerle la existencia cómoda a quienes quería.
Juan Antonio Veloso Rueda -que así se llamaba- había sido Hermano Mayor de nuestra Hermandad, hacía unos cuantos años ya. No tengo recuerdos precisos de su mandato pero, por lo que tengo entendido, la seriedad con la que ostentó el cargo, le hizo acreedor del respeto unánime de todos los que sienten en celeste y, lejos de alejarse de la Iglesia y de la Casa Hermandad al término del mismo, siguió al pie de sus veneradas imágenes hasta el fin de sus días, dando ejemplo en el difícil tránsito de tener responsabilidad, a ser un número más. Era el primero en portar a Jesús del Gran Poder en el traslado. Era el más devoto de los nazarenos en la estación de penitencia, desde su bien ganada posición, en la Presidencia del paso de la Virgen. Era fanático del carro el Domingo de Resurrección, en la Vuelta... y todas esas cosas las hacía con discreción, con humildad, revistiéndolas de una naturalidad que no tenía que forzar porque, su estilo, era ese precisamente.
Tenía una categoría enorme e inimitable.
Tenía distinción desde la cuna. Tenía el sello y el porte de la Calle Real.
Paso el tiempo. Las vicisitudes de un negocio en constante evolución, me alejaron de esos ratitos. Veloso se puso malito y nos dio un primer susto del que supo salir. El corazón, me dijo una tarde que me lo crucé (caminando por prescripción facultativa), me ha dado un aviso. Quedamos en tomarnos un café o lo que fuese. El segundo se lo llevó junto a la Virgen niña dejándonos, sin un SEÑOR, escrito así, con mayúsculas, desde los mocasines a las gafas de cristales verdosos y a mi, con la cita anotada en la agenda. Ojalá desde el balcón de la gloria, sepa disculpar mi dejadez y no dude, el resto de la eternidad, que aquí abajo, en este rincón de mi maravillosomundo, el recuerdo que ha dejado perdurará y su memoria, la de hombre cabal, leal y honrado, tendrá siempre un protector que la defenderá con vehemencia.