miércoles, 5 de octubre de 2011

La chica de la Vespa azul

Conocí a la chica de la Vespa azul cuando la moto ni siquiera había llegado. Fue hace más de cinco veranos. En aquellos instantes ni tenía ordenador ni idea de navegar por la red. No fue, sin embargo, hasta un año después cuando, instalados ya en nuestra casa de Tomares, internet y un portátil vinieron a nuestras existencias. Al principio no presté excesiva atención al asunto. Eran herramientas de trabajo de la persona a la que, incondicionalmente, amaba y amo. Gracias a ellas, compartíamos las tardes pues, desde el salón, podía trabajar y así, compaginábamos horarios. Conciliación lo llaman ahora.
Poco a poco fui familiarizándome con el aparato. Primero descubrí la prensa, luego el correo electrónico, por último, los blogs. Un mundo digital se abrió ante mis ojos. De este modo recuperé antiguas aficiones, desterradas tiempo atrás en parte, por culpa de un negocio que iba muy bien, al que estaba entregado y que -al menos eso creía- me satisfacía. La más importante de todas las que volvieron, fue escribir. Siempre había escrito y leído mucho. Hasta que, sin darme cuenta, lo había abandonado.
En la adolescencia mi sueño era ser periodista. Deportivo por más señas. Me acostaba escuchando a José María García primero y, posteriormente, a José Ramón de la Morena. Imaginaba que, alguna vez, desde esa caja con altavoz, le hablaría a la gente. Otras manos, cuando estaba frente al Marca, fantaseaba con firmar las crónicas del Tour. Cosas de zagal.
Cierta noche, la chica de la Vespa azul descubrió que, el enemigo del PC, tenía una página propia desde la que opinaba. Su sorpresa tornó en admiración. "La vida según un cateto de Castilleja de la Cuesta" soltó con orgullo. Servidor se lo quedó como explicación perfecta de que era elmaravillosomundodemiguel. La reina de mi corazón, pasó a ser lectora asidua. Su frase predilecta era "tú deberías estudiar Periodismo". Yo me encogía de hombros quizás porque pensaba que, la edad, había pasado.
Entonces llegó la crisis. Lo que era seguro pasó a ser dudoso. Lo que era dudoso, simplemente no era. Todo acabó. Tantos años de lucha se fueron al carajo. Un cambio de norma y, lo que era tuyo pues lo habías creado, mimado y alimentado, pasaba a ser, bien criado, de otro que, únicamente, estaba relacionado donde había que estarlo. Socialismo andaluz en estado puro. Me indigné. Luché por lo que era mío pero, quien lucha contra un gigante tiene que saber que, lo de David y Golliat, solo pasa una vez de cada mil. No estaba para mi y, a los treinta y muchos, tenía que volver a empezar.
La chica de la Vespa azul insistía y, su lluvia fina, comenzó a calar en mi pensamiento. Una buena mañana de Septiembre, me vi frente al mostrador de la Universidad. Un puñado de papeles, varias fotos y fotocopias varias. En pocos minutos estaba matriculado.
¡Vaya lío!
Hoy, metido de lleno en esta aventura, solo puedo dar gracias a Dios. Dicen que cuando se cierra una puerta se abre una ventana. Dicen que no hay mal que por bien no venga. Solo se que, es imposible que me toque la lotería: soy rico en lo que más vale. Tengo el gordo de Navidad, el Euromillones, el Cuponazo y la Primitiva juntos. Tengo a una mujer que me apoya en todo, que es todo Amor. Aunque nos amenace un infeliz por teléfono porque, lo que ha escrito este humilde junta letras, no sea de su agrado. Aunque nos arañen el coche con un sospechoso facha, una tarde de café en Castilleja de la Cuesta. Aunque nos insulten desde una moto con ella y mis hijos en el carro, al lado. La chica de la Vespa azul siempre creerá en mi, siempre me dirá que soy el mejor, siempre me dará su aliento incondicional, siempre se partirá la cara porque sea feliz, siempre tendrá la palabra justa y la expresión oportuna.
Por eso la quiero. Por eso tenía que decírselo aquí. Porque quiero que, este bucle de cuatro años, muera como nació. Con ella, Pilar, un regalo del cielo que prometo o juro, lo que prefieran, proteger y mimar, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, todos los segundos de mi día. Y, aún así, me quedaré corto porque se merece más.